La aparición de agonistas del receptor GLP-1 y agonistas duales GLP-1/GIP ha marcado un antes y un después en el tratamiento de la obesidad, una enfermedad crónica, multifactorial y recidivante reconocida por múltiples sociedades científicas internacionales.
Fármacos como la Semaglutida y la Tirzepatida han demostrado reducciones de peso corporal que oscilan entre un 15% y un 22%, cifras que hasta hace poco eran territorio casi exclusivo de la cirugía bariátrica.
Sin embargo, junto con su validación científica, su difusión en redes sociales y el uso por figuras públicas han generado un fenómeno mediático sin precedentes. Surge entonces la pregunta central: ¿estamos frente a una revolución terapéutica basada en evidencia o ante una tendencia amplificada por la cultura de la inmediatez?
La obesidad no es simplemente una acumulación de grasa corporal. Se trata de una alteración compleja que involucra disfunción neuroendocrina, inflamación sistémica de bajo grado, resistencia a la insulina, alteraciones del eje intestino-cerebro y cambios en la regulación del apetito.
Estos nuevos tratamientos actúan modulando mecanismos hormonales relacionados con la saciedad y el control metabólico, impactando no solo el peso, sino la salud integral del paciente.
Resultados que cambiaron el paradigma
Los ensayos clínicos internacionales STEP y SURMOUNT evidenciaron pérdidas promedio entre 15% y 22% del peso corporal inicial. Pero el impacto va más allá de la reducción en la balanza:
Disminución de grasa visceral
Mejoría del perfil lipídico
Reducción de la presión arterial
Disminución del riesgo de progresión a diabetes tipo 2
Reducción de eventos cardiovasculares mayores
La pérdida de peso deja de ser el único marcador de éxito. Hoy, la mejoría cardiometabólica redefine el objetivo terapéutico.
La explosión mediática ha sido tan rápida como los resultados clínicos. Medicamentos diseñados para tratar obesidad y diabetes han sido convertidos en símbolos de transformación estética acelerada.
Cuando una herramienta médica eficaz se transforma en fenómeno viral, surgen riesgos importantes:
Uso sin criterios clínicos adecuados
Automedicación
Comercialización de productos falsificados
Desabastecimiento para pacientes con indicación médica real
Aquí es donde la responsabilidad médica cobra mayor relevancia.
¿Estamos medicalizando el estilo de vida?
Una crítica frecuente señala que estos tratamientos podrían fomentar dependencia farmacológica y debilitar el enfoque en hábitos saludables. No obstante, esta postura simplifica la fisiopatología de la obesidad.
La recuperación parcial del peso tras suspender el tratamiento no implica “adicción”, sino persistencia de la enfermedad subyacente. De la misma forma que la hipertensión o la diabetes requieren tratamiento crónico, la obesidad puede necesitar manejo sostenido.
Si bien la mayor parte de la pérdida corresponde a masa grasa, puede existir reducción de masa libre de grasa cuando no se acompaña de intervención nutricional y ejercicio de resistencia.
Por ello, el abordaje ideal debe integrar:
Evaluación de composición corporal
Preservación de masa muscular
Ingesta proteica adecuada
Entrenamiento de fuerza
La meta no es únicamente perder peso, sino mejorar funcionalidad y salud metabólica.
El perfil de seguridad es favorable. Los efectos adversos más frecuentes son gastrointestinales y generalmente transitorios: náuseas, vómitos, diarrea o estreñimiento.
El riesgo de pancreatitis es bajo y las advertencias sobre tumor medular tiroideo provienen principalmente de estudios en modelos animales, sin evidencia concluyente en humanos.
Como todo tratamiento médico, requiere supervisión profesional, titulación adecuada y evaluación individualizada.
Comparar ambos enfoques no implica oposición, sino complementariedad.
La cirugía modifica de forma permanente la anatomía gastrointestinal; la farmacoterapia es reversible y menos invasiva. En determinados perfiles de pacientes, los porcentajes de pérdida de peso pueden ser comparables.
El futuro del tratamiento de la obesidad probablemente no será quirúrgico o farmacológico, sino personalizado.
El uso en pacientes con normopeso por fines exclusivamente estéticos plantea interrogantes bioéticos relevantes. Las guías internacionales recomiendan su indicación en IMC ≥30 kg/m² o ≥27 kg/m² con comorbilidades.
La medicina tiene la responsabilidad de no confundir presión social con indicación clínica.
¿Moda o medicina?
Es medicina cuando:
Se indica bajo criterios clínicos
Se acompaña de seguimiento integral
Se integra en un programa estructurado
Se enfoca en salud metabólica
Se convierte en moda cuando:
Se trivializa su uso
Se prescribe sin evaluación
Se presenta como solución estética inmediata
Los nuevos inyectables para bajar de peso representan uno de los avances más significativos en el tratamiento de la obesidad en la última década. La evidencia es sólida, los resultados son contundentes y el impacto metabólico es profundo.
No estamos frente a un milagro en una jeringa. Estamos ante una herramienta poderosa que, utilizada con criterio científico, puede transformar la historia natural de una enfermedad crónica.
La diferencia entre moda y medicina no la define la molécula, la define el médico.
Sobre la autora
La Dra. Tammy Toribio Rivera es médico con Máster en Obesidad y Dietética, especialista en Nutrición Clínica, Medicina Estética y Antienvejecimiento. Cuenta con amplia experiencia en el abordaje integral del sobrepeso y la obesidad desde una perspectiva científica, metabólica y personalizada.
Su práctica profesional se centra en la evaluación de composición corporal, optimización hormonal, prevención cardiometabólica y estrategias terapéuticas basadas en evidencia. Es promotora de un enfoque médico responsable que integra farmacoterapia, nutrición clínica y entrenamiento físico estructurado, priorizando siempre la salud metabólica por encima de los estándares estéticos impuestos por tendencias sociales.
La Dra. Toribio Rivera defiende que el tratamiento de la obesidad debe estar guiado por criterio clínico, ética profesional y medicina basada en evidencia.









